Fórmulas y células: ¿un reencuentro?*

Guillermo Fárber

Quizá fuera ocioso tratar de determinar en qué momento empezaron a divergir (o al menos antagonizar) la sabiduría y la experiencia, el conocimiento y la práctica, la ciencia y el humanismo… Albert Einstein y Teilhard de Chardin, muertos ambos hace exactamente cincuenta años.

Lo que no parece ocioso es afirmar que si acaso ese distanciamiento tuvo en algún momento alguna motivación más o menos aceptable (lo cual es ciertamente discutible), dicha causa parece no encontrar asidero sólido en la actualidad, ni intelectual, ni fáctico, ni mucho menos moral. Por el contrario, la única vía posible de evolución para la humanidad parece ser la reunificación orgánica, esencial, de ambos campos del fenómeno vital. Tal vez no mediante una fusión, pero sí a través de una interacción dinámica y respetuosa como senderos complementarios del conocimiento.
Y es que los senderos de la ciencia hace rato ya que se adentraron en bosques francamente desafiantes de los parámetros al alcance de nuestro “sentido común” (whatever that means) e incluso de nuestra capacidad imaginativa más desorbitada. Conceptos como materia oscura caliente o fría, materia virtual, hoyos negros, antimateria, taquiones, partículas sin masa, dimensiones fraccionarias o imaginarias, tiempos y espacios relativos, a tiempo, gravedad como geometría, quarks, etcétera, son conceptos sin los cuales no puede entenderse nada de las actuales explicaciones científicas en el universo de lo muy pequeño o lo muy grande para la escala humana; pero ninguna de esas ideas puede ser aprehendida con un mínimo de precisión con palabras comunes fuera de un lenguaje matemático complejo y especializado.
Un peligro fundamental que yo veo es la interferencia en este proceso evolutivo del pensamiento dogmático y agresivo (no el místico tolerante y comprensivo) que se cree y autonombra “religioso” y resulta siempre disruptivo y destructor cuando abandona los campos que le son propios, exclusivos y fecundos de la conciencia personal, y pretende intervenir, opinar y aun dictar e imponer a escala social, como “conocimiento”, como frutos indiscutibles de la “razón”, postulados absolutos, dogmas no sustentados en soportes mentales tigurosos sino casi siempre en temores ontológicos profundos. Y ya se sabe que el más acérrimo enemigo de la curiosidad es el temor; el más rotundo obstáculo para la investigación científica es, por definición, el miedo a averiguar –averiguar cualquier cosa.
Cierto, ese riesgo es ancestral y parece definitivamente “superado”: es la vieja lucha entre el saber y el creer, la medición y la fe, la observación y la convicción. Pero dado el complejo alambrado de nuestros circuitos cerebrales en tres estratos conexos pero no armónicos (la famosa teoría de los tres cerebros: reptiliano, mamífero y neocórtex), parece ser que ese peligro nunca será “definitivamente superado”. Y no se trata tanto de que vuelvan las quemas de herejes en la estaca (riesgo que tampoco puede considerarse desaparecido para siempre), sino manifestaciones menos ostentosamente sangrientas pero no menos paralizantes.
El problema es que en el estado actual de la ciencia, particularmente la física subatómica (y este 2005 es el Año Internacional de la Física), los conceptos de avanzada, si no son cuidadosamente pensados, se prestan más fácilmente, simplemente a causa de esas motivaciones bastardas que son la pereza de pensar y el temor ante cualquier entidad no fácilmente abarcable, para un coqueteo de tipo religioso (que puede estar muy disfrazado) que para un análisis estrictamente científico de acuerdo con los paradigmas tradicionales a los que hemos estado acostumbrados por cuatro siglos (desde Galileo, de un modo ya sistemático). Por fortuna, ya hay toda una escuela que trabaja en ese terreno, tratando de establecer, racional y no doctrinariamente, los puentes y las ligas (y los límites también, me imagino) entre saberes místicos antiguos (sobre todo orientales, pero no sólo orientales) y los saberes modernos, sobre todo de la física teórica (libros como “El Tao de la Física” (NOTA 1) o “Mística en la Física: Tercera Materia” (NOTA 2)).
En última instancia, supongo, ese peligro reside en el dilema de siempre: el fanatismo contra la búsqueda, la certeza incuestionable frente a la duda metódica… el odio contra el amor. A eso se reduce todo: al amor por el conocimiento contra el temor/odio a lo desconocido. De manera que, recordando un postulado básico (la ciencia siempre es provisional) quizá el factor que la humanidad del siglo XXI necesite más que nunca, es esa virtud ancestral recurrentemente despreciada: la humildad. Es el conflicto prehistórico de la humanidad: la actitud orgullosa del que cree que sabe algo o mucho, frente a la digna humildad socratiana de quien sólo sabe que no sabe nada (pero al menos sabe eso, que no es poco saber).

ORIENTE Y OCCIDENTE

Revisemos una forma de expresar esa humildad esencial, vista desde la perspectiva mística: “La desconfianza hacia el conocimiento y el razonamiento convencionales es más fuerte en el taoísmo que en cualquier otra escuela de filosofía oriental. Está basada en la firme creencia de que el intelecto humano nunca podrá comprender el Tao. En palabras de Chuang Tzu: El conocimiento más amplio no Lo conoce necesariamente. El razonamiento no hará hombres sabios en El. Los sabios se han decidido contra estos dos métodos.” (Capra p.149):
Lo cual no implica que los seguidores del camino del Tao sean o deban ser ‘anticientíficos’: “Los taoístas consideraban que el razonamiento lógico formaba parte del mundo artificial del hombre, junto con la etiqueta social y las pautas morales. No tenían el mínimo interés en ese mundo sino que concentraban su atención en la observación de la naturaleza, a fin de discernir las ‘características del Tao’. De este modo, desarrollaron una actitud que era esencialmente científica y sólo su profunda desconfianza hacia el método analítico les impidió construir adecuadas teorías científicas.” (Capra, p. 150)
Ese espíritu de observación los condujo a la conclusión de que lo único permanente y fundamental del universo es la transformación, el cambio. Y de la idea del cambio perpetuo derivaron una noción extraordinaria que choca frontalmente con la concepción occidental tradicional: la de la eterna interrelación dinámica entre dos polos opuestos a los que llamaron yin y yang, ontológicamente unidos esencial e implícitamente. Y es que este concepto, fundamental en el pensamiento chino, encarna la idea oriental de las dos caras de una misma moneda, contra la concepción occidental de dos entes distintos y mutuamente excluyentes. Así, digámoslo en un ejemplo particularmente chocante, mientras en la visión occidental el bien y el mal son atributos distintos, separados, contrarios, en la taoísta son complementarios: éste es el mismo que aquél y aquél es también éste. Simbólicamente, esta dualidad se representa en la archiconocida imagen del círculo formado por dos suertes de amibas ---oscura la una, yin; y luminosa la otra, yang--- unidas en un abrazo dinámico sin fin y ambas con una especie de ojos en su centro de la tonalidad contraria. Ese símbolo es el “Diagrama del Fin Supremo” o T’ai-chi T’u (NOTA 3).
Quizá en esa noción dual del yin y el yang eternamente unidos reside la clave de la evolución futura del pensamiento humano, si queremos trazar unas vías de desarrollo menos discrepantes para el avance del humanismo y el conocimiento científico del porvenir.
En este aspecto de la humildad necesaria, habría que recordar que en la década de 1920 se dio una polémica célebre entre Einstein y su colega Niels Bohr (NOTA 4) en el curso de la cual Einstein pronunció su famosa frase: “Dios no juega a los dados con el universo”. Pero al término del debate Einstein tuvo que admitir, reaciamente, que la teoría cuántica, como la explicaban Bohr y Heisenberg, era un sistema conceptual consistente, aunque él, Einstein se reservaba la convicción de que en el futuro se hallaría una interpretación determinista de los fenómenos subatómicos, basada en “variables locales” aún no percibidas. A partir de esa polémica Einstein mismo ideó un experimento conocido como EPR que demostraría que la teoría cuántica era inconsistente. Treinta años después, John Bell le dio un golpe mortal a la postura de Einstein: desarrolló un teorema basado en dicho experimento, el cual demuestra que la existencia de variables locales ocultas es incongruente con las predicciones estadísticas de la teoría cuántica. Ese teorema probó un postulado que es fundamental para efectos de la visión mística (yin) del universo: el concepto de realidad, como un conjunto de partes separadas y unidas por conexiones locales, es incompatible con la teoría cuántica. Así, después de todo, al parecer Dios sí juega a los dados con el universo, aunque ese movimiento parece ser cualquier cosa menos el divino y arbitrario capricho que la frase parece insinuar. En todo caso, esa relativización del determinismo defendido por Einstein (NOTA 5) parece indicarnos un camino de humildad mental que se impone incluso a nuestras convicciones más arraigadas, particularmente las de orden religioso (porque, ¿qué tenía que hacer Dios en ese debate? ¿No debería estar por encima o al menos aparte de él? ¿Por qué insistir en llamarlo como árbitro de un conflicto que en todo caso atañe sólo a la realidad y al intelecto humano?)

YIN Y YANG

Yin y yang, para simplificar, el principio masculino y el femenino. Parece claro que, si bien el humanismo occidental, sobre todo en el último siglo, ha coqueteado un poco con la actitud yin, el desarrollo científico se ha inclinado decidida y aun rabiosamente por el modelo yang de corte mecanicista, patriarcal, de control y dominio absolutos. El prototipo más acabado de esta actitud tal vez es esa figura del siglo XVII, Francis Bacon, quien llegó a afirmar que la naturaleza debía “ser perseguida en sus vagabundeos, obligada al servicio y esclavizada”; para ello era necesario “meterla en cintura” y torturarla hasta que revele sus secretos”. Según Capra (p. 427): “Se trata de una relación crucial y temible entre la ciencia mecanicista y los valores patriarcales, que tuvo un tremendo impacto en el desarrollo posterior de la ciencia y de la tecnología. Antes del siglo XVII, los fines de la ciencia eran la sabiduría, la comprensión del orden natural y el logro de vivir en armonía con dicho orden. En el siglo XVII esa actitud, que podríamos llamar ecológica, cambió al signo opuesto. Desde Bacon, el fin de la ciencia ha sido el conocimiento para dominar y controlar a la naturaleza. Así, hoy la ciencia y la tecnología se emplean principalmente para propósitos peligrosos, dañinos y antiecológicos.” (NOTA 6)
La situación mundial actual, al arbitrio del delirante grupo de neocons o neonazis apoderados del más poderoso aparato militar que ha existido jamás, y que tiene a la humanidad al borde de una catástrofe mayor, no deja duda de los inmensos peligros que encarna hoy la visión yángica, patriarcal, baconiana, de la ciencia. En el núcleo de esa inmensa amenaza está la noción virulentamente masculina y absurda de la “separatividad” de la realidad (“mi” país” versus otros; “mis” valores versus otros; “mi” entorno versus otros), cuando ya está claro que “uno de los paralelismos más significativos entre la física y el misticismo oriental, ha sido el descubrimiento de que los componentes de la materia y los fenómenos subyacentes con ellos relacionados, están todos interconectados, hasta el punto de no ser posible considerarlos como entes aislados, sino sólo como partes integrales de un todo unificado… el universo puede estar interrelacionado de formas mucho más sutiles de lo que antes se había pensado. El nuevo tipo de interconexión recientemente observado no sólo refuerza las similitudes existentes entre los conceptos de místicos y físicos, sino que también presenta la intrigante posibilidad de relacionar la física subatómica con la psicología de Jung y, tal vez, incluso con la parapsicología, arrojando al mismo tiempo cierta luz sobre el importante papel jugado por la probabilidad en la física cuántica.” (Capra, p. 393)
Por fortuna, al parecer estamos experimentando a escala mundial ---científica, ecológica y socialmente, si bien un poco menos en la esfera económica--- el regreso reivindicado de una visión más equilibrada del universo, menos mecanicista, masculina, baconiana, controladora, menos rotundamente yang, vaya. Pero ese retorno exige de la humanidad, paradójicamente, una actitud más y menos humilde. Más humilde desde un punto de vista filosófico, para aceptar que las conquistas de la razón científica y tecnológica no son a fin de cuentas tan impresionantes y definitivas como les parecieron a nuestros padres y abuelos: es claro que es infinitamente más amplio el panorama por descubrir que el panorama ya descubierto. Y asimismo menos humilde, para no ceder sin cortapisas a la visión religiosa-dogmática que pretende “explicar” todo con el acostumbrado subterfugio de los misterios y los dogmas que sólo los “enterados” (ellos, naturalmente, pues tienen vocación de monopolio) pueden entender y aun manejar.

MISTICISMO Y CIENCIA

Hay que advertir, empero, sobre un problema que a fin de cuentas no lo es tanto. La relación entre la física y la mística no debe aspirar a una fusión, sino a un reencuentro. La meta puede parecer modesta, pero ciertamente no lo es. Y es que, aunque tanto el místico como el físico lleguen a similares descubrimientos, uno partiendo del mundo interno y el otro del externo ---y por tanto la armonía entre sus conceptos confirma la antigua sabiduría hindú de que Brahman, la realidad última externa, es idéntico a Atman, la realidad interior---, sus “utilidades” para uso cotidiano son diversas y muy probablemente seguirán siéndolo. “En la vida diaria, tanto la visión del universo mecanicista como la orgánica son válidas y útiles; una para la ciencia y la tecnología, y la otra para la vida espiritual, equilibrada y plena. La experiencia mística es necesaria para comprender la naturaleza más profunda de las cosas, y la ciencia es esencial para la vida moderna.” (Capra p. 386-390)
En efecto, la primera visión, sostenida por la física clásica (NOTA 7), es perfecta para lidiar con los fenómenos físicos con los que nos tropezamos continuamente en nuestra experiencia diaria, con nuestro medio ambiente cotidiano, como continuamente comprobamos con los innegables logros tecnológicos que día con día nos hacen más fácil la vida diaria. Pero ese misma esquema de pensamiento es completamente inadecuado para describir, y menos aún explicar, los extraños fenómenos que ocurren en el mundo subatómico. En cambio, la visión mística (NOTA 8), opuesta a la mecanicista, aceptaría sin gran problema el calificativo de “organicista” porque su postulado fundamental es que todas los fenómenos del universo son partes de un todo armónico e indivisible. De este modo, la visión “orgánica” resulta totalmente inútil para construir máquinas o herramientas tecnológicas de cualquier tipo o generar aportaciones que permitan la vida y la convivencia de una humanidad cada día más caudalosa, problemática y exigente. Por eso, aunque los conceptos de la visión mística, orgánica, del universo, son de utilidad más que limitada para vérselas científica y tecnológicamente con el mundo de nuestra escala, resultan extremadamente útiles para entender los mundos atómico y subatómico. De ahí que “la visión orgánica parece más fundamental que la mecanicista. La física clásica, que está basada en la visión mecanicista, puede derivarse de la teoría cuántica, que se basa en la orgánica, mientras que no es posible hacerlo a la inversa.”
Eso desde luego no sugiere que los científicos deberían abandonar sus fórmulas y laboratorios para ponerse a meditar: los caminos son diferentes, y el hecho de que uno puede parecer más “fundamental” que el otro de ninguna manera justificaría que se dejara sin más, como un sendero que conduce a ninguna parte. Por eso mismo tampoco parece razonable, tal vez ni siquiera posible, que deba intentarse una influencia mutua, y menos una fusión, una síntesis, entre las dos visiones, entre la ciencia y el misticismo: “Lo que necesitamos no es una síntesis sino una interacción dinámica entre la intuición mística y el análisis científico”. Ambos senderos son complementarios, ninguno “mejor” que el otro. De nuevo el respeto equilibrado por el yang y el yin, los rigores baconianos y el organicismo místico… la ciencia y el humanismo. “En mi opinión la ciencia y el misticismo son dos manifestaciones complementarias de la mente humana, de sus facultades racionales e intuitivas. El físico moderno experimenta el mundo a través de una enorme especialización de la mente racional; el místico, gracias a una enorme especialización de la mente intuitiva. Ambos enfoques son totalmente diferentes e implican mucho más que una visión determinada del mundo físico. Sin embargo, son complementarios. Ni uno está comprendido en el otro, ni puede ninguno reducirse al otro, sino que ambos son necesarios y se complementan mutuamente para darnos una comprensión más completa del mundo. Parafraseando un antiguo proverbio chino podemos decir que los místicos comprenden las raíces del Tao, pero no sus ramas; los científicos comprenden sus ramas, pero no sus raíces.” (Capra p. 389)
Y en seguida una frase que debería grabarse en los muros del Consejo de Seguridad de la ONU: “La ciencia no necesita del misticismo y el misticismo no necesita de la ciencia; pero el hombre sí necesita de ambos.” Hasta hoy la humanidad se ha mostrado incapaz de lograr esa interacción dinámica o siquiera algo remotamente parecido. La actitud prevaleciente en las órbitas con alguna dotación de poder, es yang a un grado exacerbado: masculina en su peor acepción (machista, vaya), gratuitamente agresiva, estúpidamente “racional”. Los ochenta millones de muertos habidos entre 1914-1918 y 1939-1945 deberían ser suficientes para entender la pavorosa dimensión del peligro de no balancear adecuadamente ambas visiones.

FÓRMULAS Y CÉLULAS

“Creo que el nuevo paradigma de la ciencia ha encontrado su más apropiada formulación en la nueva teoría de vivir, en los sistemas de autoorganización surgidos a partir de la cibernética durante estas últimas décadas. Ylia Prigogine, Gregory Bateson, Humberto Maturana y Francisco Varela son algunos de los principales contribuyentes a esta teoría. Es una teoría que se aplica a organismos vivos individuales, a sistemas sociales y a ecosistemas, y promete llevarnos a una concepción unificadora de la vida, de la mente, de la materia y de la evolución. El enfoque de estos sistemas confirma totalmente los paralelismos existentes entre la física y el misticismo y añade otros que van más allá del nivel de la física: el concepto de libre albedrío (NOTA 9), los de la vida y la muerte, de la naturaleza de la mente, y otros más.” (Capra, p 433)
Recordemos aquella expresión “aurea mediocritas”, el justo medio aristotélico; lo que aquí se nos demanda es eso mismo, pero más exigente todavía. Lo que parece necesitarse es una cirugía mayor en el cuerpo social mundial, pero antes en la mente individual de los líderes del planeta. “Para alcanzar tal estado de equilibrio (entre las visiones orgánica y mecanicista) sería necesaria una estructura social y económica radicalmente distinta: una revolución cultural en el verdadero sentido de la palabra. La supervivencia de nuestra civilización tal vez dependa de la capacidad que tengamos para efectuar tal cambio. Dependerá, en definitiva, de nuestra habilidad para adoptar algunas de las actitudes yin del misticismo oriental; de nuestra capacidad para experimentar la totalidad de la naturaleza, y el arte de vivir en ella.” (Capra, p 391)
Lo cual nos regresa a la pregunta fundamental de este ensayo: ¿Por fin se nos abre la posibilidad de un necesario reencuentro (insisto, no fusión) entre las fórmulas y las células, el conocimiento de lo animado y el de lo inanimado, el humanismo y la ciencia… Teihard y Einstein? Los avances actuales de las ciencias (todas las ciencias) así lo indican sin lugar a dudas; los valores reptilianos de nuestra visión yángica del universo se le oponen, con las armas en la mano. El dilema es claro: por un lado la evolución, por el otro la destrucción. ¿Permitiremos que los neandertales del poder digan la última palabra (literalmente la última)?

* Este artículo fue presentado en el Congreso Internacional "La ciencia y el humanismo en el siglo XXI: Perspectivas" con sede en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, los días 31 de marzo a 2 de abril de 2006.
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(NOTA 1) Fritjof Capra, El Tao de la Física, Ed. Sirio, 2002, Málaga, España.
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(NOTA 2) Néstor Molina, Mística en la Física: Tercera Materia, Ed. Plaza & Valdés, 1998, México.
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(NOTA 3) No “Yin-yang”, como se le conoce generalmente.
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(NOTA 4) En cuyo escudo heráldico hizo poner una sola frase: CONTRARIA SUNT COMPLEMENTA
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(NOTA 5) Nótese la ironía: Einstein rechazando violentamente una “relativización”.
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(NOTA 6) ¿Resultará a la postre el Protocolo de Kyoto merecedor de las esperanzas que en él hemos depositado?
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(NOTA 7) Gruesamente, yang.
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(NOTA 8) Gruesamente, yin.
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(NOTA 9) Conviene tener muy presente al respecto la obra de Néstor Molina, especialmente el libro “Mística en la Física”, con un sólido fundamente filosófico en el pensamiento judaico-mosaico y la teología cristiana, a pesar de lo cual dice, en una frase especialmente reveladora del potencial destructor que le ve a la creencia religiosa dogmática en el desarrollo del pensamiento científico y humanista: “Siento que estaríamos viviendo en un mundo más adelantado científica y espiritualmente si hubiésemos optado por un tipo de grecobudismo. Es muy posible que no hubiesen existido las eras oscuras de las teocracias medievales que ahogaron al mundo en un cataclismo social. Asimismo, tal vez el comunismo y el nazismo se hubieran evitado ya que ambos tienen raíces mosaicas… ¡Qué lindo sería un mundo sin antisemitismo y al mismo tiempo libre de las creencias mosaicas y sus ramificaciones!.”
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