Título: El Principio de Cooperación
(en busca de una nueva racionalidad)
 
Autor:  Máuricio Abdalla
 
Ediciones Crimentales, S.L.

Murcia, España

ISBN: 978-84-935141-3-6

2007

 

PRESENTACIÓN

El profesor Maurício Abdalla me ha dado una lección que ha cambiado o, al menos, ha mitigado mi actitud fatalista ante el destino a que parece abocada la humanidad: No podemos perder la esperanza. Perder la esperanza significa condenar a muerte a millones de personas.

Desde luego, no se puede decir que mi actitud fatalista esté poco justificada. La información, que mi actividad profesional me obliga a renovar periódicamente, no genera mucho optimismo sobre el futuro del Hombre sobre la Tierra. La creciente (y, para algunos expertos, irreversible) degradación ambiental, el agotamiento de los “recursos naturales”, la extensión y profundización de la pobreza, añadidos a la creciente tensión política mundial que, provocada por la avidez por el control de las fuentes de energía, ha acabado por convertirse en una, en principio inventada, pero cada día más real, “guerra de civilizaciones”, sólo pueden conducir a una catástrofe mundial incontrolable por ninguna tecnología humana.
Pero lo que resulta aún más desalentador que los problemas son las soluciones que se proponen: extender los cultivos transgénicos o la cría de animales modificados genéticamente para “luchar contra el hambre”; soluciones tecnológicas para detener el cambio climático, como la delirante idea de poner espejos en órbita, el retorno de la energía nuclear o, incluso, la bienintencionada idea de la búsqueda de “fuentes de energía alternativas” para lograr un “desarrollo sostenible”. Porque si se trata de lo que se conoce como “desarrollo económico” no es sostenible.
Albert Einstein decía que no podemos solucionar los problemas empleando la misma mentalidad que los creó. Y no parece que hayan muchas dudas sobre qué tipo de mentalidad ha creado estos problemas. Una mentalidad, una racionalidad en la terminología de Mauricio Abdalla, que es, en realidad, irracionalidad, porque ha transformado en “leyes” científicas los peores defectos de la condición humana: el egoísmo, la competencia, la avidez por la riqueza, la explotación de los hombres y de la Naturaleza, forman parte de las “leyes naturales”, y para que estas “leyes” se cumplan, la usura, el expolio y la violencia son instrumentos necesarios.
Esta racionalización de la injusticia tiene su origen histórico y cultural en una concepción de la realidad muy concreta que se plasma en dos de “las obras cumbre de nuestra civilización”: La Riqueza de las Naciones de Adam Smith y Sobre el Origen de las Especies por medio de la Selección Natural, o el Mantenimiento de las Razas Favorecidas en la Lucha por la Existencia de Charles Darwin. La transformación de los prejuicios culturales y sociales, que ambos autores compartían, en una explicación “científica” de la injusticia y la coronación del egoísmo y la competencia como agentes de progreso y “generadores de riqueza” han servido como justificación y, al tiempo, estímulo, para dejar a la Humanidad y a la Naturaleza en manos de los que más sobresalen en esas “virtudes”.
No parece necesario recurrir a análisis científicos ni históricos para poner de manifiesto las falacias que se ocultan tras las teorías del “libre mercado” y de “la supervivencia del más apto”. Basta con comprobar sus efectos. La transformación de todo, de la sociedad, de la Naturaleza, en mercancías (el mercado laboral, el mercado del agua, el mercado de la contaminación...) sometidas al imperio de la libre competencia, sólo puede conducir a lo que ha conducido: a dejar el Mundo en manos de personas sin escrúpulos que sólo buscan su propio interés (el “motor de la sociedad” en palabras de Adam Smith) y que sienten un enorme desprecio por los derrotados en la competencia, por los menos aptos (según el “descubrimiento” de Charles Darwin).
La conclusión es inequívoca: o cambiamos de raíz estos principios creados por y para los egoístas y los prepotentes o no habrá esperanza para la Humanidad. Porque no tiene sentido, no es ni siquiera racional aceptar como algo inevitable, incluso lógico, que mientras miles de personas que no han cometido otra falta que la de nacer en el sitio “inadecuado” mueran diariamente de hambre, guerras y enfermedades fáciles de curar, unos pocos acumulen crecientemente unas riquezas que no pueden abarcar pero que nunca parecen calmar su avidez.
Si en el Mundo todavía (no sabemos por cuanto tiempo) hay alimentos y sitio para todos ¿tiene sentido continuar con un sistema económico cuya propia dinámica hace que sólo puede existir, sólo puede mantenerse, mediante la acentuación de la explotación de los hombres y el expolio de la Naturaleza? Porque lo que se está poniendo en peligro no es sólo la supervivencia de una parte desfavorecida de la Humanidad. Es toda la Humanidad la que se acerca, cada día más, al precipicio. La degradación de la Naturaleza está próxima (si no ha llegado ya) al punto de “no retorno” e insisto: no hay tecnología capaz de hacer frente a las fuerzas de la Naturaleza. Y nadie se podrá esconder de ellas.
Hemos llegado a una situación en que sólo un cambio radical en el modelo económico y en los principios sociales puede detener o, al menos, retrasar la catástrofe. Un cambio de los valores mezquinos y simplistas que han llevado a esta degradación de las relaciones de los hombres entre sí y con la Naturaleza por otros que, en lugar de pretender imponer por la fuerza un sistema político, económico y social como único admisible, reconozcan la diversidad cultural de los pueblos y el derecho a mantener sus tradiciones. Que, en vez de estafar y esquilmar sistemáticamente a los ciudadanos y a los países empobrecidos por motivos históricos muy concretos, mediante los trucos del supuesto “libre mercado”, les permita ser dueños de sus recursos y de su destino. Sólo El principio de cooperación puede poner freno al desastre. Es ahora, en estos momentos que anuncian una crisis global, cuando tenemos una necesidad perentoria de detener este camino y volver a la verdadera racionalidad. La que incluye los mejores sentimientos, las mejores virtudes de la condición humana y no sólo sus peores defectos. El principio de cooperación no es sólo una alternativa. Es, con toda seguridad, la única posibilidad para evitar o, al menos, retrasar el holocausto de la humanidad.
Seguramente, Mauricio Abdalla está en lo cierto. No podemos perder la esperanza. Pero no porque confiemos en que “los dueños del Mundo” recapaciten. Simplemente, porque sería perder la confianza en la condición humana. Sería darles la razón.

Máximo Sandín
Profesor de Bioantropología
Universidad Autónoma de Madrid

PRÓLOGO

Estamos viviendo una crisis de los fundamentos de nuestra convivencia personal, nacional y mundial. Si miramos a la Tierra como un todo, percibiremos que casi nada funciona a satisfacción. La Tierra está enferma, y muy enferma. Y como somos, en cuanto que humanos, también Tierra (hombre viene de humus = tierra fértil), nos sentimos todos, en cierta forma, enfermos. La percepción que tenemos es de que no podemos continuar por este camino, pues nos llevará al abismo. Fuimos tan insensatos en las últimas generaciones que construimos el principio de autodestrucción. No es fantasía holywoodiana. Tenemos las condiciones para destruir varias veces la biosfera e imposibilitar el proyecto planetario humano. Esta vez no habrá un arca de Noé que salve a algunos y deje perecer a los demás. Los destinos de la Tierra y de la Humanidad coinciden: o nos salvamos todos o sucumbimos juntos.
Ahora nos volvemos todos filósofos, pues nos preguntamos entre angustiados y perplejos: ¿cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo vamos a salir de este callejón sin salida global? ¿Qué colaboración puedo dar como persona individual?
En primer lugar, se ha de entender el hecho estructurador de nuestras sociedades hoy mundializadas, principal responsable de este curso peligroso. Es el tipo de economía que inventamos. La economía es fundamental, pues es la responsable de la producción y reproducción de nuestra vida. El tipo de economía vigente se monta sobre el trueque competitivo. Todo en la sociedad y el la economía se concentra en el trueque. El trueque aquí es cualificado, es competitivo. Sólo el más fuerte triunfa. Los otros o se agregan como socios subalternos o desaparecen. El resultado de esta lógica de la competición de todos contra todos es doble: de un lado, una acumulación fantástica de beneficios en pocos grupos, de otro, una exclusión fantástica de la mayoría de las personas, de los grupos y de las naciones.
Actualmente, el gran crimen de la Humanidad es la exclusión social. Por todas partes reinan el hambre crónica, el aumento de las enfermedades antes erradicadas, la depredación de los recursos limitados de la Naturaleza y un ambiente general de violencia, de opresión y de guerra.
Pero, reconozcámoslo: durante siglos ese trueque competitivo abrigaba a todos, bien o mal, bajo su techo. Su lógica agilizó todas las fuerzas productivas y creó mil facilidades para la existencia humana. Pero hoy las virtualidades de este tipo de economía se están agotando. La gran mayoría de los países y de las personas no caben bajo su techo. Son excluidos o socios menores y subalternos como es el caso de Brasil. Ahora, este tipo de economía del trueque competitivo se muestra altamente destructivo, donde quiera que penetre y se imponga. Nos puede llevar al destino de los dinosaurios.
O cambiamos o morimos, esa es la alternativa. ¿Dónde buscar el principio articulador de otra sociabilidad, de un nuevo sueño para el futuro? En momentos de crisis total necesitamos consultar a la fuente originaria de todo, la Naturaleza. ¿Qué es lo que nos enseña? Nos enseña – algo que la ciencia hace un siglo identificó- que la ley básica del Universo no es la competición que divide y excluye, sino la cooperación que suma e incluye. Todas las energías, todos los elementos, todos los seres vivos, desde las bacterias y los virus hasta los seres más complejos somos inter-retro-relacionados y, por eso, interdependientes. Un tejido de interconexiones nos envuelve por todos los lados, haciéndonos seres cooperativos y solidarios. Lo queramos o no, pues es la ley del Universo. Por su causa llegamos hasta aquí y podremos tener futuro.
Aquí se encuentra la salida para un nuevo sueño civilizatorio y para un futuro para nuestras sociedades: hacernos de esta ley de la Naturaleza, conscientemente, un proyecto personal y colectivo, ser seres cooperativos. Al revés del trueque competitivo en el cual sólo una gana, debemos fortalecer el trueque complementario y cooperativo en el cual todos ganan. Importa asumir, con absoluta seriedad, el principio del premio de economía John Nash, cuya mente brillante fue celebrada por un no menos brillante film: el principio gana-gana, en el cual todos sean beneficiados sin haber perdedores.
Para convivir humanamente inventamos la economía, la política, la cultura, la ética y la religión. Pero en los últimos siglos lo hicimos bajo la inspiración de la competición que genera el individualismo. Ese tiempo acabó. Ahora tenemos que inaugurar la inspiración de la cooperación que genera la comunidad y la participación de todos en lo que interesa a todos.
Tales tesis y pensamientos se encuentran detallados en este brillante libro de Mauricio Abdalla, El principio de cooperación: en busca de una nueva racionalidad.
Si no hacemos esta conversión preparémonos para lo peor. Urge comenzar con las revoluciones moleculares. Comencemos por nosotros mismos, siendo seres cooperativos, solidarios, compasivos, simplemente humanos. Con eso definimos la dirección acertada. En ella hay esperanza y vida para nosotros y para la Tierra.

Leonardo Boff
Petrópolis, 1 de mayo de 2002


PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA


Cinco años separan la presente edición española de El principio de cooperación de su edición original brasileña. Como el libro trata de problemas del mundo actual y como la velocidad de los cambios en la actualidad es extraordinariamente rápida, un período de cinco años, aunque parezca poco para un libro, exige algunas palabras iniciales para situar la temática en un contexto ligeramente diferente de aquel en que fue escrito.
Desgraciadamente, no se trata de una diferencia contextual muy grande. Ninguna de las cuestiones que este libro pretende enfocar han sido superadas. Al contrario, algunos problemas se han agravado y han asumido las proporciones previstas en los dos primeros capítulos –lo que refuerza más todavía la necesidad de una actuación urgente por parte de toda la Humanidad para enfrentar los riesgos que nosotros y nuestro planeta corremos. Por otro lado, varias señales de esperanza, tanto en el campo de la praxis humana como en el campo de la producción teórica, se han ido presentando, contribuyendo a reforzar el tono tozudamente optimista de los capítulos finales (algunos dirían paradójicamente optimista).
Aprovecho la oportunidad que la editorial Crimentales me proporciona al acercar mis reflexiones al público de lengua española para hacer, en los próximos párrafos, algunas observaciones sobre el libro en nuestro contexto actual.
La primera observación es la constatación de que no se ha producido ningún cambio estructural y no se ha tomado ninguna medida de impacto para que se diera ese cambio. Por tanto, no hay reparo que hacer al abordaje de los problemas generales que en el libro se tratan. No obstante, los datos presentados en los dos primeros capítulos corresponden a una determinada fecha y la mayor parte de ellos ya no representan, en términos numéricos exactos, la dimensión del problema. Pero el objetivo de la presentación de esos datos numéricos y estadísticos no era el de hacer un informe preciso de la situación en que vivimos sino fundamentar, a través de los datos de la realidad analizada por personas e instituciones fiables, la afirmación de la crisis sistémica en que vivimos. Para ese propósito, la cita de los datos, aunque desfasada en cinco años, todavía cumple su función y no veo necesidad de actualizarla para una nueva edición. Los números han cambiado, pero las dimensiones de los problemas no. Además, son informaciones que están siendo actualizadas constantemente y puestas a disposición del público en la mayoría de las fuentes aquí citadas, principalmente en los informes sobre el desarrollo humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
La segunda observación es que los datos más recientes han contribuido a hacer la discusión de la temática abordada aquí mucho más urgente y oportuna que lo era cinco años atrás. Las últimas informaciones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la Naciones Unidas (IPCC, en sus siglas en inglés), que reúne más de dos mil científicos de todo el mundo, han alertado a la sociedad mundial sobre la gravedad del calentamiento global, tratado aquí en el primer capítulo. Todos los indicadores apuntan al hecho de que los problemas relacionados con el calentamiento del planeta no son sólo perspectivas para el futuro, sino que ya estamos sufriendo sus efectos catastróficos y letales en el presente. Pero la información más impactante es la posibilidad de que ya hayamos sobrepasado el punto de no retorno de la destrucción del ecosistema. En caso de que eso fuera verdad, significa la condena a muerte de la especie humana ya que, independientemente de lo que pudiésemos hacer a partir de ahora, no habría forma de recuperar el equilibrio estructural del planeta Tierra como un sistema autoorganizado y como un escenario para el florecimiento de la vida humana y de otras diversas especies animales y vegetales.
Prefiero confiar en que todavía es posible salvar a la Tierra y a nosotros mismos. Pero no podemos dejar de considerar la gravedad del problema y nuestra responsabilidad sobre él. Creer que todo está bien conduce a las personas a una apatía social. Pero creer que “no hay nada que hacer” conduce a la misma apatía añadida a la desesperanza y a las prácticas exclusivamente individualistas de supervivencia. Necesitamos ser, como dice Gramsci, “pesimistas en el análisis pero optimistas en la acción”.
La posibilidad de un cataclismo climático, ahora anunciada de forma más dramática, ha llevado, muy tardíamente, a que los sectores que nunca habían tomado en serio los riesgos para la vida humana hayan pasado a preocuparse por el destino de la Tierra. Incluso las grandes corporaciones de telecomunicaciones, habituadas a verter entretenimiento vacío, alienante y estupidizante sobre las cabezas de sus tele-clientes, han pasado a noticiar los riesgos de un Apocalipsis inminente. Muchas empresas movilizan ahora recursos para inversiones en ecología y adaptan sus discursos a las exigencias de un desarrollo sostenible. También la sociedad civil se ha quedado perpleja ante los fenómenos que presencian y las perspectivas que se anuncian.
Sin embargo, la mayoría de esas manifestaciones todavía se hacen dentro de la racionalidad dominante. Las empresas han asumido un discurso ecológico, pero no renuncian a la menor parte de sus ganancias exorbitantes para salvar al planeta. Buscan recursos alternativos sin contar con el hecho, más que comprobado, de que la forma en que consumimos energía y otros recursos naturales exige más de lo que la Naturaleza puede dar y, al mismo tiempo, de que el consumo mundial es muy superior al que necesitamos, de hecho, para vivir. La necesidad de un mercado siempre en ebullición, creando necesidades abstractas para generar más ganancias con la venta de productos, la ostentación simbólica de artículos de lujo que exigen mayores gastos en su producción y diversos otro factores que ponen en movimiento el sistema capitalista , no son cuestionados. Se busca, en fin, una forma alternativa de recursos para mantenerse en el mismo engranaje. Pero ya está más que comprobado que la Tierra no soporta este tipo de explotación.
Muchas corporaciones empresariales ya están incluso buscando una manera de vender soluciones o paliativos para el calentamiento global y, mediante eso, conseguir ganancias en su comercialización. Ven la tragedia como una oportunidad de abrir nuevos mercados, dando un sentido cínico a la relación entre las palabras “crisis” y “oportunidad” que, dicen, viene de la cultura china.
Los medios de comunicación, casi siempre, apelan a la culpabilidad genérica del ser humano abstracto, sin hacer mayores cuestionamientos acerca de las estructuras concretas que pueden habernos conducido a la presente situación. Parece que el ser humano es un cáncer que infecta a la Tierra. Es como si la situación a la que hemos conducido a la Naturaleza y a la sociedad fuese producto de una maldad natural de los humanos.
Pero de esta manera no saldremos del cenagal. Caminaremos dentro de un círculo cerrado sin alcanzar la salida, que está mas allá del círculo. Por eso, creo que es más que urgente que se reflexione sobre el problema de una manera más profunda. Es lo que intenté hacer en este libro sin la más mínima pretensión de dar solución a los problemas, pero con la total pretensión de invitar a la discusión. Ahora que las amenazas a nuestra vida se han vuelto mas difundidas y que muchas personas perciben la gravedad del problema, nos encontramos frente a un destino común. Pero, en las siempre sabias palabras de Leonardo Boff, “como nunca antes en la historia, el destino común nos incita a buscar un nuevo comienzo”.
La tercera observación a hacer, es de un carácter más prometedor. Las experiencias de una nueva práctica socioeconómica, construida a partir de los excluidos del sistema, fundada en la cooperación, ecológicamente responsable y orientada éticamente está creciendo en el mundo (principalmente en los países del Tercer Mundo) y conquistando espacios cada vez más significativos. Son experiencias que rompen los límites del círculo establecido por la lógica del mercado y la competición. Cada vez más personas están convencidas de la necesidad de buscar un mundo diferente al que tenemos hoy. Si eso era ya un hecho cinco años atrás, hoy hay todavía más elementos que pueden reforzar la esperanza de quien es capaz de percibir que en los subterráneos de la historia oficial, en los espacios de sombra que los grandes mass media no penetran y más allá de los márgenes de la civilización europea y norteamericana, se está produciendo otra historia. Gran parte de esas experiencias han sido socializadas en las diversas ediciones del Forum Social Mundial, evento que representa el resurgimiento de la acción crítica en el mundo globalizado.
La cuarta observación sigue también ese tono alentador. Después de la primera edición de El principio de cooperación, me encontré con un obstáculo que no imaginaba que existiera. Por más que a muchos les pudiese gustar la idea del libro, se resistían a aceptarla por ser supuestamente contraria a la “ley natural de la evolución”. El paradigma que orienta los estudios de la vida, el darwinismo, preconiza una naturaleza siempre en disputa individualista por la supervivencia. Sus defensores más aguerridos llegan a decir que la ley natural, a la cual el ser humano también está sometido, está basada en el egoísmo y en la competición. Por entonces, tenía al darwinismo como una teoría solamente científica, sin mayores implicaciones para la filosofía social y política. Creía que su alcance se limitaba a los temas de biología. Al trabajar con el tema de este libro en diversas situaciones, me di cuenta de que estaba totalmente engañado. Más aún, fui descubriendo el enorme poder de una teoría científica cuando asume el carácter de una ideología social, en la formación de las concepciones comunes de las personas e incluso en la creación de teorías sobre el mundo.
Resolví, entonces, comprender más a fondo la evolución de las especies. Era preciso asumir el debate y argumentar con más fundamentos sobre la supuesta contradicción entre una propuesta de sociedad y una teoría “científicamente comprobada”. Cual no fue mi sorpresa al descubrir, después de muchas pesquisas, las innumerables insuficiencias del darwinismo, no sólo como ideología social, ¡sino también como teoría científica! Esto me abrió otro campo de investigación que me parece bastante prometedor para las próximas décadas: la crisis latente del paradigma darwinista en la comprensión de la vida. Los resultados más importantes de esa investigación se encuentran en mi artículo La crisis latente del darwinismo,(NOTA 1) que también espero publicar en forma de libro.
Sin embargo, lo más sorprendente, fue percibir que muchos científicos habían descubierto innumerables hechos que negaban la preponderancia de la competición y del egoísmo en el comportamiento de la Naturaleza, como Humberto Maturana, Francisco Varela, Lynn Margulis y muchos otros. Pero el que más influencia tuvo sobre mi forma de comprender la Naturaleza y que, en mi opinión, ha sido el único capaz de proponer una nueva teoría de la evolución alternativa, incorporando la infinidad de datos científicos dispersos en centenas de publicaciones especializadas a partir de una visión de cooperación y complejidad, sin enmascarar la relación indisociable entre ciencia y sociedad, fue el biólogo español Máximo Sandín. Su libro más reciente Pensando la evolución, pensando la vida, publicado también por Crimentales, es una prueba de que la ciencia está demandando un nuevo paradigma para acompañar las necesidades del presente. He incorporado un pequeño comentario sobre el darwinismo en la sección 4.5 de la presente edición.
Esto significa que la producción teórica, incluso en el campo de las ciencias naturales, ha avanzado (aunque lentamente, dada la resistencia a los cambios de la comunidad científica) en la perspectiva de una nueva racionalidad, basada en la cooperación, en la integración de todo y de todos en la producción de la vida, en la complejidad, interdependencia y equilibrio de los fenómenos naturales y humanos y en el rompimiento del círculo de la (ya vieja) racionalidad científica moderna.
Por fin, a partir de estas observaciones, creo que el debate aquí propuesto todavía se hace necesario. Espero que el público hispanohablante, que comparte la lengua de Cervantes, se dé cuenta de que los gigantes contra los que luchamos no son molinos transmutados por nuestra mente insana, sino verdaderos monstruos creados por la mente insana de los que dominan el mundo desde hace algunos siglos.
Permítanme concluir citando, una vez más, las palabras de Leonardo Boff, que, con su vasta producción teórica y su espíritu solidario con la Naturaleza y el ser humano, ha propagado la esperanza y contribuido inmensamente para crear las bases de una nueva racionalidad global: “Que nuestro tiempo sea recordado por el despertar de una nueva reverencia ante la vida, por un compromiso firme de alcanzar la sostenibilidad, por la rápida lucha por la justicia, por la paz y por la alegre celebración de la vida.”

Mauricio Abdalla
Vitoria, Espírito Santo, Febrero de 2007
 
(NOTA 1) Revista Asclepio, Vol. LVIII, n.1, enero-junio, 2006, p. 43-94. El artículo y otras discusiones sobre evolución pueden ser accedidas en http://www.iieh.org/index2.php
(al texto)