El hongo que salvó al mundo

Durante el Carbonífero aparecieron las primeras selvas de la Tierra
 

Hace mucho tiempo, antes de que ancestros de los dinosaurios se asomaran en el ojo de un anfibio primitivo, antes de que las plantas tuvieran la brillante idea de las semillas y cuando los invertebrados eran espantosamente grandes, la vida terrestre se enfrentó a un grave problema.

Estamos en el Carbonífero, los enormes depósitos de carbón del planeta se están formando en los primeros bosques. La atmósfera es muy diferente que en la era moderna: las concentraciones de dióxido de carbono se están desplomando a niveles peligrosísimos y el oxígeno es superabundante. Las libélulas de casi medio metro de largo revolotean en esta atmósfera densa y lo hacen de buena gana, pero estamos a punto de una profunda edad de hielo provocada por el enfriamiento global.

Los culpables de este desastre inminente son los sospechosos más inusuales: los árboles. Para entender por qué, debemos retrasar el reloj todavía más. 90 millones antes del Carbonífero y 430 millones antes del día de hoy las primeras plantas vasculares emergieron en fosas dejadas al descubierto por las mareas buena parte del día. Para poder mantenerse erguidas, estas plantas emplearon la celulosa, una cadena de moléculas de glucosa. Esto funcionó a la perfección para las plantas, ya que era de fácil producción y les dio un soporte a la vez rígido y flexible, pero no le hizo fácil la vida a las bacterias y hongos que ayudaban a la descomposición de materia orgánica. Algunas bacterias y hongos, con el tiempo, evolucionaron con la habilidad de convertir la celulosa otra vez en glucosa digerible, pero los animales nunca lo hicieron y tuvieron que depender de varias simbiosis con organismos más simples.

Con el amanecer del Carbonífero, las plantas desarrollaron un nuevo material de soporte, llamado lignina. La lignina representó una mejora sobre la celulosa: era más dura, más rígida y, al ser más compleja, casi imposible de digerir, lo que la hizo ideal para proteger la celulosa. Con la lignina las plantas pudieron hacer madera, lo que dio lugar a los árboles como los conocemos ahora. Uno de los pioneros de estos bosques primigenios fue el Lepidodendron (árbol escamoso). El lepidodendron no era un árbol en toda la extensión de la palabra, sino un miembro de la familia de los licopodios, un tipo de musgos que en aquella era cobraron aspecto arbóreo. Reconstrucciones actuales de sus fósiles han revelado que alcanzaron más de 30 metros de altura y que se multiplicaron sin obstáculos en los pantanos tropicales del Carbonífero.

Fósil estampado por una sección de corteza de Lepidodendron, hallado en rocas del Pensilvánico en Ohio
 

El punto crucial de problema fue este: la lignina le permitió a los licopodios gozar de un éxito absoluto. Sus hojas estaban fuera del alcance de los herbívoros y sus troncos eran por completo inmunes a cualquier amenaza biológica. Crecieron, se reprodujeron y murieron en cantidades inimaginables y sus troncos se apilaron en pantanos donde se sumergieron, escondiendo su cargamento enorme de dióxido de carbono y sin permitir que fuera reabsorbido a la atmósfera. Sin ningún tipo de descomposición orgánica para reciclar el carbono, eran como depósitos de plástico y, combinado con otros factores, empujaron al planeta a un periodo de enfriamiento que afectó el crecimiento de todas las plantas. La concentración de oxígeno atmosférico se elevo hasta un 35%, mucho más alto que el 21% de nuestra era.

La lignina le permitió a los licópodos reinar sobre el mundo durante muchos millones de años y lo sumió en una larga crisis de contaminación. El árbol filogenético tardó 40 millones de años en producir un ser vivo que la pudiera digerir: un hongo de la clase agaricomycetes se procuró de una forma más bien burda para lidiar con la lignina. En vez de diseñar una enzima que desarmara la molécula de lignina, adoptó una estrategia más directa. Usando una clase de enzimas llamadas peroxidasas, el hongo bombardeó la madera con moléculas de oxígeno altamente reactivas, digamos que fue como desatar el nudo de una corbata con un lanzallamas. Esta estrategia reduce la madera a una especie de lodo rico en carbohidratos de donde el hongo podía alimentarse.

Esta fue la primera y única vez que, en 300 millones de años, evolucionó la habilidad de podrir la madera. Todos los hongos que hoy en día pueden digerir madera son descendientes de aquel hongo emprendedor. Tal vez no empleó la estrategia más elegante pero la descomposición de la madera jugó un papel muy importante para acabar con la pérdida de dióxido de carbono de la atmósfera y para conducir al Carbonífero a su fin.

 

Autor: Andrew Tomes

Traducción: IIEH

Fuente: Cuando un hongo salvó el mundo