Desaparece un lago y una forma de vida.


Peligra identidad de aldeanos bolivianos por minas y calentamiento

Por Nicholas Casey
The New York Times, Reforma, México, 23 julio de 2016


LLAPALLAPANI, Bolivia.- El agua retrocedió y los peces murieron. Decenas de miles de ellos llenaron la superficie, vientre arriba, y el hedor invadió el aire durante semanas.

Las aves que se habían alimentado con los peces no tuvieron más opción que abandonar el Lago Poopó, alguna vez el segundo lago más grande de Bolivia, pero ahora sólo una extensión seca y salada. Muchos de los uru-muratos, una etnia que durante generaciones había obtenido su sustento de sus aguas, también se fueron, uniéndose a un nuevo éxodo mundial de refugiados que no huyen de la guerra o la persecución, sino del cambio climático.

"El lago era nuestra madre y nuestro padre", dijo Adrián Quispe, uno de cinco hermanos que trabajaban como pescadores y criaban sus familias en Llapallapani. "Sin este lago, ¿a dónde iremos?".

Tras sobrevivir a décadas de desvíos de agua y sequías cíclicas ocasionadas por El Niño en los Andes, el lago Poopó básicamente desapareció en diciembre. El efecto dominó va más allá de la pérdida del sustento para los Quispe y cientos de otras familias de pescadores y más allá de la migración de personas obligadas a dejar hogares que ya no son viables.
La desaparición del Lago Poopó amenaza la identidad misma de los uru-muratos, la etnia indígena más antigua en la región. Se adaptaron a las conquistas de los incas y los españoles, pero están batallando para adaptarse al abrupto trastorno causado por el cambio climático.

Sólo restan 636 uru-muratos en Llapallapani y dos poblados cercanos. Desde que murieron los peces, en el 2014, veintenas de personas se han ido a trabajar en las minas de plomo o las salinas a hasta 320 kilómetros de distancia; los que permanecieron apenas sobreviven como campesinos en lo que solía ser la orilla del lago.

En la región casi todo el mundo los conocía como "la gente del lago". Algunos adoptaron el apellido Mauricio en honor al mauri, como se conoce al pez que solía llenar sus redes. Veneraban a San Pedro porque era pescador y cada septiembre le ofrendaban peces a la orilla del agua, pero esa celebración desapareció cuando murieron los peces hace dos años.

"Esta es una cultura milenaria que ha estado aquí desde el principio", dijo Carol Rocha Grimaldi, una antropóloga boliviana. "¿Pero pueden las personas del lago existir sin él?".

Cuando se le preguntó a Quispe si se ganaba la vida como pescador, ofreció una mirada extraña, antes de contestar, en esencia, "¿Qué otro trabajo hay?".

La temporada de pesca iniciaba con un ritual conocido como La Remembranza. Los hermanos Quispe figuraban entre unos 40 hombres de Llapallapani que pasarían una larga noche masticando hojas de coca y bebiendo licor.

"Esa noche pediríamos una travesía libre de peligros, que hubiera poco viento y que no hubiera mucha lluvia", dijo Quispe, de 42 años. "Hacíamos remembranzas toda la noche y masticábamos nuestra coca".

En la mañana, lanzaban dulces desde su bote como ofrenda religiosa. La temporada de pesca había iniciado.

Milton Pérez, ecologista en la Universidad Técnica de Oruro, dijo que los científicos tenían décadas de saber que el Lago Poopó, ubicado a 3 mil 700 metros sobre el nivel del mar con pocas fuentes de agua, encajaba en el perfil de un lago moribundo. Pero el pronóstico era de siglos, no años. "Aceptamos que el lago moriría algún día", dijo Pérez. "Éste no era su momento".

El Lago Poopó es uno de varios lagos del mundo que están desapareciendo por causas humanas. El Lago Mono y el Lago Salton en California se vieron menguados por desvíos de agua; varios lagos en Canadá y Mongolia están en peligro debido a las crecientes temperaturas.

El lago ofrecía un alga llamada huirahuira, que parecía aliviar la tos. Los flamencos eran como una farmacia: además de la grasa rosa del flamenco empleada durante siglos para aliviar el reumatismo, las plumas se usaban para bajar la fiebre al quemarse e inhalarse. Los aldeanos atrapaban y mataban a los flamencos en abril, cuando las aves perdían su plumaje y perdían la capacidad para volar.

"Tomamos tantos de éstos del lago", dijo Emilio Huanaco, funcionario judicial indígena, sacando un ala de color rosa fuerte. El día que cazó al ave, hace 7 años, nunca se imaginó que sería el último.

Pérez observó con alarma cómo se desarrollaban varias tendencias amenazadoras y comenzó a comprender que el lago podría evaporarse de manera definitiva.

Primero, a medida que la quinoa se volvió popular en el extranjero, la creciente producción del grano desvió agua río arriba, disminuyendo el nivel del Lago Poopó. Segundo, sedimento de la actividad minera rápidamente estaba encenegando al lago.

Y estaba aumentando el calor. La temperatura en la meseta se había elevado 0.9 grados centígrados tan sólo de 1995 al 2005.

En el verano del 2014, un hedor putrefacto invadía el aire. La superficie del lago había caído tan bajo que cuando sopló una borrasca del norte llamada saucarí, capaz de hundir botes, los vientos levantaron demasiado cieno como para que los peces pudieran sobrevivir.

"Te daban ganas de llorar al ver a los peces nadando desorientados o muertos", dijo Gabino Cepeda, de 44 años, un pescador que ahora se dedica al cultivo de quinoa. "Pero eso fue sólo el principio. Los flamencos están muertos, los patos desaparecieron, todo.

Tiramos nuestras redes y ya no había nada para nosotros".

Quispe y sus hermanos se reunieron una última vez a la orilla del lago muerto para llevar a cabo la Remembranza. Como de costumbre, se adentraron al lago a remo, pero regresaron el mismo día porque no había peces. El mayor, Teófilo, se volvió a sus hermanos. "No hay trabajo", dijo. "Averiguaré cómo ganar dinero y les diré cómo".

La siguiente semana, dejó Llapallapani para trabajar en una mina de carbón a una hora de distancia en auto.

Pablo Flores, otro uru que dejó Llapallapani, inicia un ingrato día laboral antes del amanecer en un molino al borde de la salina más grande del mundo, el Salar de Uyuni en Bolivia. Él toma bloques de sal sin refinar, los muele para formar un montón de su misma altura, y la coloca en pequeñas bolsas. Gana 25 centavos por cada una.

Afuera del molino, la vida es más difícil. En la enorme salina cerca del pueblo de Colchani, donde se han reasentado dos docenas de urus, jornaleros parten cargando palas y recolectan la sal mientras el sol cae a plomo y se refleja de la blanca extensión a sus pies.
"Los urus no están hechos para esto", dijo Flores, de 57 años. "Yo no estoy hecho para esto".

Algunos urus se han ido solos y envían dinero a sus familiares que permanecen en el lago. Pero otros, como Flores, han llevado a sus familias a un mundo nuevo.

Quince urus viven en Machacamarca, un pueblo polvoriento de varios miles de habitantes. María Flores Ignacio y sus dos hijos adolescentes se mudaron en la primavera a un departamento rentado, una primicia para Flores, cuya casa de adobe en Llapallapani había sido heredada durante generaciones.

"Vivo en casa de alguien más", dijo.

Para pagar la renta, Flores elabora artesanías de pajilla que vende a los turistas en el mercado de Oruro, la capital del Estado. Hay sombreros, canastas, pulseras, aretes y pequeños botes como los que usaban los urus para navegar el Lago Poopó.

Flores recordó una leyenda, acerca de una inundación que destruyó al mundo -salvo a los urus, que escaparon en sus balsas y se ocultaron en la cumbre de una colina hasta que retrocedieron las aguas. Los desastres debían tomar la forma de diluvios, no sequías, dijo.

Anteriormente el Alcalde de su pueblo, Flores aún es conocido como "don Pablo" por la gente que lo conocía de ese entonces. Pero en la mina de sal, se siente como un asalariado más. "Este es un sistema feudal", dijo. "Sinceramente puedo decir que este es un lugar malo".
 
Lago en desaparición
 
Desde el 2013, el Lago Poopó casi ha desaparecido por completo. Su nivel siempre ha sido variante, debido al desvío de agua y la sequía. Cada década a partir de 1985, el cambio climático ha elevado la temperatura del lago en un promedio de .23 grados centígrados, suficiente para asestar el golpe final.
 
Fuente: NASA/USGS Landsat
THE NEW YORK TIMES