LA FUNESTA MANÍA DE PENSAR

Los desastres naturales, ¿actos de Dios?

Fernando Amerlinck

Los desastres “naturales” casi nunca lo son. Llamar “actos de Dios” a las catástrofes humanas en que intervienen las fuerzas naturales llega casi a ser una blasfemia.

Un cerro que se desgaja no es culpa de Papá Dios. Las casas bajo el agua en una cuenca de una zona lluviosa no son culpa de las lluvias. Si los ríos se desbordan no es nada más porque llueva fuerte sino porque levanta sus lechos la tierra deslavada de cerros erosionados.

Chiapas y Tabasco demuestran que la naturaleza no es culpable de lo que le devuelve a los hombres. Son los hombres las víctimas de lo que han hecho al no respetarla. De no aprender de la ciencia, ni de la historia, ni de las anteriores calamidades, ni de las olvidadas víctimas.

Un cerro chiapaneco que llevaba miles de años sin que le pasara nada, de repente se derrumba sobre el río Grijalva y produce una novedosa aportación mexicana al catálogo mundial de los desastres: un tsunami fluvial. Y una incontada cantidad de muertos. ¿Por qué será: ha llovido más ahora que en los siglos anteriores, o afectó al cerro el famoso calentamiento global? ¿O no será que hubo gente que se dedicó a deforestarlo, quitarle la capa de tierra, y dejar sueltas las rocas? O si somos malpensados, ¿habrá hecho alguien negocio con esa tala? ¿Autoridades que no aplicaron la ley? ¿Congresos que no diseñaron una ley acorde a la protección civil? ¿Jueces que ampararon a unos u otros? Y todo ello, ¿a cambio de qué contraprestación política y/o monetaria?

Tabasco completo recibe torrentes bajantes de cerros que antes retenían agua y alimentaban al humus y a árboles que ya no existen. Qué raro: ¡se deslavan las rocas! Sus cuencas se inundan en un estado que recibe uno de los mayores índices de lluvia en toda la república, donde abundan las casas pegadas a lechos de ríos. Cada pocos años hay inundaciones catastróficas allí mismo. Y muertos y daños y dañados, y solidaridad nacional para ayudarlos. Pero regresan allí. Nadie se lo impide. Nadie hace valer la ley, suponiendo que haya ley y lo que de ella emane: planes de uso del suelo y de asentamientos urbanos, normas de construcción, reglas de ecología y protección forestal, etcétera. ¡Ah, qué canija naturaleza tan malévola!

No, tampoco es por malignidad de la naturaleza un terremoto. Sus perjuicios vienen de ingenieros, maestros de obras, proveedores, gobernantes e inspectores, no de las placas tectónicas. La madre tierra no produce casas mal hechas, edificios mal calculados, mate-riales chafas o insuficientes, puentes de relumbrón, licitaciones amañadas, leyes no aplicadas o demagógicas, inspectores de vista gorda, y los infinitos veneros de la corrupción que nos ha escriturado el diablo.

No, no son actos de Dios. Quien se opone a las leyes naturales, será víctima de ellas. Tarde, o temprano. Las leyes de la naturaleza no admiten corruptelas ni están sujetas a interpretación.

Fecha de publicación noviembre 2007

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