Están sitiados centinelas verdes del planeta

JUSTIN GILLIS.
THE NEW YORK TIMES.
8 de octubre de 2011

Río Wise, Montana.-

LOS ÁRBOLES QUE cubren muchas de las laderas montañosas de la parte occidental de Montana arrojan un destello rojo terroso, como un bosque caducifolio al inicio del otoño.
Pero estos árboles no deberían enrojecer. Son especies perennes, víctimas de escarabajos que solían ser controlados, en parte, por inviernos gélidos. A raíz del calentamiento climático, de acuerdo con los científicos, ese control ya no ocurre.
Además de estas invasiones de insectos, los bosques del mundo entero luchan contra las sequías, los incendios y otros peligros que también podrían estar vinculados con el cambio climático.
Los expertos se apresuran por entender la situación y vaticinar qué tan grave podría volverse. Indican que la habitabilidad del planeta en el futuro puede depender de la respuesta.
Cifras precisas deducidas hace poco arrojan que los bosques han frenado el calentamiento global al absorber más de la cuarta parte del dióxido de carbono, o CO2, emitido por los humanos en la atmósfera. Los árboles captan prácticamente el total de las emisiones producidas por los automóviles y camiones del mundo entero.
Sin ese servicio de disposición, el nivel de CO2 en la atmósfera se elevaría con mayor rapidez. El gas atrapa el calor del sol y las emisiones humanas provocan el calentamiento del planeta. Pero algunos científicos se muestran preocupados de que, conforme se acelera el calentamiento, los árboles mismos podrían volverse víctimas de los diversos efectos del cambio climático a una escala masiva.
"Al mismo tiempo que reconocemos el enorme valor potencial de los árboles y bosques para ayudarnos a lidiar con el exceso de carbono que generamos, empezamos a perder los bosques", expresó Thomas W. Swetnam, experto en historia de los bosques en la Universidad de Arizona.
Si muriera un número suficiente de árboles, los bosques no sólo dejarían de absorber el dióxido de carbono, sino que también podrían empezar a quemarse o descomponerse a un ritmo tal que arrojarían enormes cantidades del gas nuevamente al aire. Eso, a su vez, podría acelerar el calentamiento del planeta, y liberaría aún más carbono almacenado en lugares otrora fríos como el Ártico.
Queda claro que aún no se ha llegado al punto en que no hay vuelta atrás, y tal vez nunca se llegue.
Pese a los problemas de los últimos años los bosques aún absorben un volumen elevado de carbono y algunas regiones, como el Este de Estados Unidos, desempeñan un papel especialmente importante de captación global de carbono.
"Creo que tenemos una situación en la que tanto las ’fuerzas de crecimiento’ como las ’fuerzas de muerte’ cobran vigor y tienen tiempo de hacerlo así", explicó Oliver L. Phillips, destacado investigador en selvas tropicales de la Universidad de Leeds, en Inglaterra. "Las segundas son más llamativas, pero las primeras en realidad han prevalecido hasta la fecha".
Los científicos reconocen que sus intentos por utilizar las computadoras para hacer proyecciones del futuro de los bosques siguen siendo rudimentarios. Algunas de esas proyecciones advierten que el cambio climático podría causar la muerte potencialmente masiva de bosque en lugares como el Amazonas, mientras que otras arrojan que los bosques seguirán siendo robustas esponjas de carbono a lo largo del siglo 21.
Muchos científicos indican que asegurar la salud de los bosques del mundo requiere una desaceleración en las emisiones humanas de gases con efecto invernadero. La mayoría de los países se comprometieron a hacerlo en un tratado medioambiental global, en 1992, pero dos décadas de negociaciones han generado poco progreso.
A corto plazo, de acuerdo con expertos, podrían adoptarse iniciativas más modestas para proteger los bosques. Un plan prevé que los países ricos indemnicen a las naciones tropicales para que detengan la destrucción de sus inmensos bosques con fines agrícolas y madereros.
Pero, a falta de dinero, incluso ese plan se ve ahora vulnerado. Otras estrategias, como la de entresacar los bosques extremadamente densos del Oeste estadounidense para volverlos más resistentes a los daños infligidos por incendios e insectos, también sufren menor financiamiento.
Muchos científicos habían esperado que los bosques no sufrieran daños graves antes de mediados del siglo 21 y que la gente tendría tiempo para controlar sus emisiones de gas con efecto invernadero. Sin embargo, algunos han quedado impactados por lo que han visto en años recientes.
"Es realmente asombrosa la cantidad de superficie actualmente en llamas en Siberia", expresó Swetnam. "Los grandes incendios que ocurren en el Suroeste estadounidense son de una severidad extraordinaria, a escalas de miles de años. Si mantenemos este ritmo a lo largo del siglo, enfrentamos la pérdida de por lo menos la mitad del paisaje forestal del Suroeste".
El misterio del dióxido de carbono
Hasta donde pueden ver los investigadores, los océanos absorben aproximadamente la cuarta parte de las emisiones de carbono resultantes de la actividad humana. Eso está en proceso de volver más ácido al mar y debe afectar la vida marina a largo plazo. Pero la química al menos es algo predecible y los científicos se muestran razonablemente optimistas de que los océanos seguirán absorbiendo carbono durante muchas décadas.
Los árboles absorben una cantidad similar de carbono, pero no hay tanta certidumbre de que eso continúe así, como lo ilustran los recientes daños a los bosques.
Si bien todos los tipos de plantas absorben CO2, la mayoría de ellas lo reinyecta rápidamente a la atmósfera porque su vegetación se descompone, se quema o es comida. Son sobre todo los árboles los que tienen la capacidad de almacenar el carbono a largo plazo, algo que hacen al producir madera o trasladar el carbono al suelo. La madera puede permanecer siglos dentro de un árbol vivo y su descomposición es lenta aun cuando el árbol muere.
Sin embargo, el carbono contenido en la madera es vulnerable a una liberación rápida. Si un bosque se incendia, por ejemplo, gran parte del carbono almacenado en su interior es reenviada a la atmósfera.
La destrucción por fuegos e insectos forma parte de la historia natural de los bosques y semejantes sucesos individualmente no serían motivos de alarma. De hecho, pese a los recientes problemas, un nuevo estimado dado a conocer el 19 de agosto en la publicación Science, sugiere que cuando se restan las emisiones resultantes de las destrucciones de bosques del carbono que éstos absorben, como quiera almacenan a largo plazo más de 900 millones de toneladas de carbono anuales.
Una de las principales razones de ello es que los bosques, al igual que otros tipos de plantas, parecen responder al aumento del CO2 en la atmósfera al crecer más vigorosamente. Después de todo, el gas es la principal fuente de alimento de la vegetación. En los últimos años, los científicos se han percatado con sorpresa de que este factor hoy provoca una racha de crecimiento hasta en selvas maduras, un hallazgo que invalidó décadas de dogma ecológico.
Los detractores de la tesis del cambio climático tienden a enfocarse en este "efecto de fertilización", al aclamarlo como una bendición para los bosques y el suministro alimenticio. Afirman que es probable que este efecto prosiga en el futuro previsible y mitigue cualquier impacto negativo del incremento en las temperaturas sobre el crecimiento vegetal.
Si bien confirman la realidad de la fertilización por CO2, los científicos más convencionales se muestran mucho menos seguros respecto a sus efectos a largo plazo e indican que el calor y el déficit en agua asociados con el cambio climático parecen volver a los bosques vulnerables a las plagas de insectos, los incendios y muchos otros problemas.
"Los bosques tardan un siglo en llegar a madurez", indicó Werner A. Kurz, científico canadiense experto en carbono forestal. "Sólo se requiere un episodio climático extremo, una sola plaga de insectos, para interrumpir esa absorción secular de carbono".
Es posible que las recientes reducciones en bosques por muertes de árboles resulten pasajeras y que el hecho de que todas ocurran más o menos al mismo tiempo sea una coincidencia. La posibilidad más perturbadora, dijeron los expertos, es que resulten ser el primer indicio de un cambio más amplio.
"Si sucediera en unos cuantos lugares, sería más fácil de negar y descartar", expresó David A. Cleaves, asesor de alto nivel para el Servicio Forestal Estadounidense. "Pero no es así. Ocurre en todas partes. No puedes dejar de preguntarte cuál es el elemento común".
Rastrean altibajos
En todos los bosques, el carbono es continuamente absorbido mientras los árboles y otros organismos crecen, y liberado cuando éstos mueren o entran en estado latente. Estos flujos de carbono, como se les conoce, varían durante el día, con la estación, con extremos climáticos y meteorológicos, con la salud de los bosques y con muchos otros factores.
En algunos lugares, temperaturas más elevadas podrían facilitar el crecimiento de árboles o que los bosques se extiendan a zonas anteriormente ocupadas por praderas o tundra, almacenando más carbono.

Los bosques hoy renacen en tierras arables abandonadas en grandes extensiones de Europa y Rusia. Con el fin de tratar de frenar el avance de un desierto, China ha plantado casi 40 millones de hectáreas de árboles y esos bosques también absorben carbono.
Pero esta recuperación de bosques, parte de una estrategia de manejo de emisiones de carbono, adolece de una limitante significativa: ya no caben muchos más de ellos en el planeta. Extenderlos significativamente requeriría inhabilitar más tierras cultivables, una perspectiva poco probable.
Incendios e insectos
Tras desprender la corteza de un árbol con una hachuela, Diana L. Six, entomóloga de la Universidad de Montana, indicó las señales reveladoras de una invasión de escarabajos del pino: conductos perforados por los parásitos que "mascaban" el árbol para llegar a su parte más pulposa.
El pino que mostraba ya estaba muerto. Sus agujas, normalmente de un color verde intenso, eran del tono rojo enfermizo que se ha vuelto tan común en el Oeste montañoso de Estados Unidos.
Los escarabajos del pino forman parte del ciclo de vida natural de los bosques de la región, pero esta plaga, que inició hace más de una década en algunas áreas, es con creces la más extensa que se haya registrado. Los científicos indican que las temperaturas invernales, que solían bajar a -40 grados en las montañas cada tres o cuatro años, mataban a numerosos insectos. "Ya no es así", explicó Steven W. Running, destacado climatólogo de la Universidad de Montana que inspeccionaba la zona con Six hace poco. Debido al calentamiento climático, diferentes especies de escarabajos han infestado el paisaje norteamericano. La situación más seria es la de Columbia Británica, en Canadá, que ha perdido millones de árboles, y crecen los temores de que los insectos puedan propagarse a todo el continente en las próximas décadas.
En el Oeste estadounidense, las temperaturas más cálidas provocan un derretimiento prematuro de la nieve montañosa. Ese hecho causa mayores déficits en el agua durante el verano, precisamente cuando los árboles necesitan más agua para sobrevivir al calor. El paisaje se reseca y los árboles debilitados se vuelven más vulnerables a los insectos y al fuego.
Arizona, Nuevo México y Texas han estado tan secos que incendios enormes y explosivos consumieron millones de hectáreas de vegetación este verano.
La sequía registrada en el 2011 se dio en un contexto de calentamiento y desecación general del clima en el Suroeste estadounidense. Pero la responsabilidad del cambio climático en la sequía en sí es poco clara: su causa más inmediata es un patrón climático intermitente llamado La Niña y aún está inconclusa la investigación sobre si ese ciclo se ve alterado o intensificado por el calentamiento global.
Los expertos indican que, a causa del cambio climático, algunas áreas incendiadas este año podrían no volver nunca a ser ocupadas por bosque y tienen más probabilidad de ver crecer hierba tolerante al calor o matorral, que almacenaría mucho menos carbono. "Muchos ambientalistas como yo empiezan a pensar que todos estos agentes, como los insectos y los incendios, son sólo causas colaterales, y el verdadero culpable es el déficit hídrico provocado por el cambio climático", explicó Robert L. Crabtree, quien dirige un centro de estudio de la región de Yellowstone, en Montana. "No importa realmente qué mata a los árboles, van de salida. La pregunta es: ¿van a volver a crecer? De no ser así, bien podríamos ver la pérdida catastrófica de nuestros bosques".
Esfuerzos estancados
Los científicos hoy empiezan a constatar algo impactante: quizás no quede un solo bosque natural en la Tierra.
Por más silvestres que puedan lucir algunos de ellos, los bosques desde las profundidades amazónicas hasta los confines siberianos más remotos reaccionan a las influencias humanas, entre ellas el aumento en el nivel de CO2 en el aire.
Ya se han tomado algunas medidas destinadas a proteger los bosques en los últimos años, con millones de hectáreas de tierras forestales públicas y privadas designadas como reservas de conservación, por ejemplo. Sin embargo, otras ideas se ven esencialmente obstaculizadas por falta de fondos.
A una escala mayor, los expertos indican que esta misma causa vulnera un programa destinado a frenar o detener la destrucción humana de las selvas tropicales.
La desforestación, generalmente destinada a ceder el paso a la agricultura, tiene décadas de llevarse a cabo, de forma especialmente marcada en Brasil e Indonesia. La quema de las selvas tropicales no sólo suprime su capacidad de absorber el CO2, sino que también genera el reenvío de un flujo inmediato de carbono a la atmósfera, lo cual la convierte en una de las principales fuentes de emisiones de gas con efecto invernadero.
En los últimos años, los países ricos acordaron en principio pagar fuertes cantidades de dinero a las naciones más pobres que aceptaran proteger sus selvas tropicales.
Los países desarrollados han prometido casi 5 mil millones de dólares, suficiente para iniciar el programa, pero se suponía que mucho más dinero sería destinado posteriormente. La idea era que las naciones ricas crearían formas de cobrar las emisiones de dióxido de carbono a sus compañías y parte de este dinero sería destinada a la conservación forestal en el extranjero.
La legislación climática se estancó en Estados Unidos debido a la oposición de legisladores preocupados por sus efectos económicos y algunos países europeos también se han mostrado reacios a mandar dinero al extranjero. Eso significa que no se sabe con claridad si el programa en pro de las selvas tropicales llegará a implementarse de forma sustancial.
"Como cualquier otro plan destinado a mejorar la condición humana, es bastante frágil porque tiene ambiciones grandiosas", opinó William Boyd, un profesor de derecho en la Universidad de Colorado que busca rescatar el proyecto.
La mejor esperanza del programa ahora es que California, resuelto a luchar contra el calentamiento global, permita que sus industrias cumplan con sus reglas en parte al financiar iniciativas que frenen la tala tropical. La idea es que otros estados o países sigan su ejemplo.
No obstante, los científicos subrayan que, en última instancia, los programas destinados a conservar los bosques -o volverlos más resistentes al fuego o plantar nuevos árboles- son sólo medidas parciales.
Agregan que para asegurar la preservación de las selvas para las generaciones futuras, la sociedad necesita limitar la quema de combustibles fósiles que hoy altera el clima del mundo.